Amanece un día cualquiera.

Otro de tantos que han amanecido ya.

Un nuevo papel en blanco que llenar con un montón de experiencias, sensaciones, sentimientos…

A priori todo va bien.

Una ligera sensación incómoda. Es ese rumrum de que una tormenta se acerca.

El sol sigue brillando, calienta pero no se sabe por qué se nota que algo está por venir.

Por momentos puedo pensar que no es bueno temer lo que aún no se ha manifestado, que es erróneo pensar en tormenta cuando no se atisba ni una sola nube.

Disfrutemos del sol a rienda suelta…

¡Qué tonta de pensar en lluvia molesta!

Una hora, dos horas, pasa el tiempo. Siguen avanzando los minutos.

¡Pop! ¡Pop! ¡Pop! gotita a gotita ¡Pop! ¡Pop! Pop!

Con cada gota la sensación de humedad y en pocos minutos el sentir que te ha caído el chaparrón.

¡Ya está!

Ya se ha manifestado la tormenta, la información se ha transformado en gotas de agua que además tienen la propiedad de hacerme menguar.

Con cada gota soy más pequeña, más insignificante, más innecesaria.

Ayer era grande, hoy soy pequeña.

Hoy que teniendo en cuenta el calibre de las gotas deberían reforzarme, me empequeñecen…me hacen desaparecer, me obvian: “hoy no”.

¿Precisamente? ¿En esta ocasión?

Pues con esta combinación me hacen desaparecer totalmente.

Así es imposible sentir los rayos del sol, ya no calientan, no son visibles.

¿Volver al estado anterior?

No sé si la ilusión me mueve ni a intentarlo.

Sólo quiero que desde el lado invisible exista camino al Jardín de Morfeo cada noche.