La tierra de cultivo de esta entrada llevaba en barbecho una semana.

Todo ello para evitar que mis pensamientos saltaran espontáneamente sin filtro, y pudieran confundirse con locura transitoria, una alteración hormonal de mi organismo, estrés pos-vacacional o simple mala leche…

¡Ya he dejado descansar la mente!

Cualquier reflexión es meditada y analizada, revisada y depurada.

Y sigo con la misma cantinela que días atrás:

¿Qué le pasa a la gente?

¿Qué ocurre en las cabezas humanas que genera comportamientos tan, tan, tan…?

De verdad que me genera desasosiego e inquietud.

Supongo que hay más personas que, como yo, observan a sus semejantes y notan “una actitud y un comportamiento que llama especialmente la atención”.

Yo lo defino como toques de nerviosismo, alteración, crispamiento, reacciones hostiles, brotes de rebeldía, conducta de ataque, despotismo, irracionalidad, desinterés absoluto o por el contrario alto grado de celo, superficialidad exagerada, rabia y en casos extremos coletazos de deshumanización.

Yo pondría un símil: “Son como discos de vinilo de 33 RPM funcionando a 78 RPM”

Repito:

¿Qué pasa gente?

¿No notáis algo raro en vuestra conducta? ¿Estáis bien?

El otro día en mi cuenta de Facebook no pude por menos que dejar una reseña, que os comparto:

“Quizá es una falsa percepción mía pero…
¿Está Madrid llena de zombis hoy? Están rodando algún capítulo de “Walking Dead”? ¡Madre mía que gente pasea hoy por las calles madrileñas! Parece que en cualquier momento de descuido se te lanzan a la yugular…
¡Relájense!
Ya sé que para la mayoría se han acabado las vacaciones pero…
¡Calma!
No hace falta tener ese mal humor, esas ganas de tocar los bemoles al resto de las personas del mundo, no???
¡¡¡¡Quiero irme a casa!!!”

Al tratarse del 1 de septiembre, día en el que una gran mayoría de personas retornaban al trabajo una vez terminado su periodo vacacional, se podría pensar en una desazón generalizada por la vuelta al tajo pero…

¡Ya han pasado días!

El ambiente no cambia, sino que sigue enrarecido, acumulando electrones, cargándose negativamente y poniendo la paciencia humana a examen.

Por mi parte llevo desde ese 1 de septiembre observando con mayor detenimiento a las personas con las que coincido, ya sea en el espacio físico o en el virtual y concluyo con una tajante conclusión:

“Hay un número altísimo de personas que aprovechan su relación (laboral, comercial, personal) con los demás para molestarles”.

¡Exacto!

El objetivo es:

Alterar, exasperar, fastidiar, incomodar, enfadar, irritar, hostigar, provocar, maltratar, aniquilar la paciencia, herir la autoestima, fomentar inseguridades, perturbar las emociones…

En definitiva y resumen: “MOLESTAR”, “TOCAR LOS BEMOLES” y si se puede conseguir “UNA EXPLOSIÓN INCONTROLADA DE IRA, TRISTEZA, ODIO, RENCOR E INFELICIDAD”, mejor.

Lo que me conduce a un par de cuestiones:

¿Por qué? ¿Para qué?

Y a una tercera:

¿Con qué derecho?

Evidentemente se trata de personas que en ninguno de los casos han sido educadas para respetar a sus congéneres. (O lo mismo sí y algo ha ocurrido que no lo practican).

Hablamos de hombres y mujeres que carecen de empatía (O que si la tienen pero no la usan o lo hacen inadecuadamente).

¡Yo no entiendo nada!

Curiosamente parece que vivimos en una sociedad en la que a través de las redes sociales se dan muchas muestras de concienciación, de tolerancia, de solidaridad, de humanidad.

A diario vemos a nuestros amigos, conocidos, a las personas que seguimos en Twitter, en Facebook poner en sus perfiles, en sus muros mensajes que muestran mucha sensibilidad. Cada día frases tiernas, imágenes de cachorritos adorables, textos que transmiten enseñanzas budistas, consejos para la autoestima, cadenas destinadas a ayudar a pequeños enfermos o mutilados dando un simple “like”.

No faltan tampoco organizaciones que se dedicar a crear peticiones públicas para cualquier necesidad que le pueda surgir a un ciudadano, injusticias sociales, condenas abusivas por pequeños delitos cometidos fruto de la más agravada penuria, cambios legislativos poco sociales, comportamientos abusivos empresariales. Peticiones que firman miles y miles de personas con intención de ayudar.

Todo maravilloso y luego en el día a día…

Esa solidaridad, esa tolerancia, esa sensibilidad mutan a la más absoluta irracionalidad.

¡Qué bipolaridad!

En el codo con codo, en las distancias cortas, en la convivencia diaria las personas tornan casi como fieras rabiosas defendiendo a capa y espada lo que consideran suyo o atacando con fiereza al resto.

Vas a un comercio y las personas encargadas de regentarlo, de atenderlo actúan como verdaderos ogros, seres amargados. Sientes que tu presencia incomoda. A veces incluso te ignoran y cuando te prestan atención sientes su rechazo, su desagrado.

Pero si tú sólo quieres comprar unos calcetines de algodón, o medio kilo de gambas o un disco de Pimpinela (éste no seria mi caso). Lo mismo quieres unas entradas para el concierto del cantante de moda pero no te sabes de memoria cómo están situadas las diferentes localidades y el precio de las mismas.

¡No hay tiempo para atender correctamente a los clientes!

Y no digamos para acompañarlo con una sonrisa.

Igualmente en caso contrario:

Personas que llegados al punto de tener que ser atendidas por otras en el desarrollo de su actividad laboral se comportan con total despotismo, tiranía, prepotencia, arrogancia o hijaputez.

Parece que la amabilidad y el respeto son animales en peligro de extinción.

Te mueves por la ciudad y las personas no respetan tu espacio. A veces pareces invisible. La masa se mueve como manada, o el individuo camina como si fuese el único habitante del planeta.

Si formas parte del tráfico ya puedes echarte a temblar:

¡La ley de la selva!

Las carreteras parecen carreras de autos locos y si te quejas a alguien por su comportamiento inadecuado…

¡Grave error! Rayos, sapos y culebras saldrán por la boca del infractor unido a exagerados aspavientos todo ello para replicar tu osadía al cuestionar su conducta.

Existe también otra forma muy extendida para conseguir “molestar al prójimo”. Se trata del boicot a las alegrías de los demás.

¿¡Qué se observa que alguien es feliz?!

¿¡Qué alguna persona ha sido agraciada con una dosis de cariño extra, que se le ha otorgado algún mérito, felicitación o regalo¡?

¡No se puede dejar pasar la oportunidad de “intoxicar” la alegría del homenajeado!

El regalo es feo, el cariño poco sincero, el mérito a destiempo…

¡Qué triste!

¿Por qué no alegrarse sin más y unirse al homenaje o simplemente confirmar que “es merecido”?

Cómo diría mi abuela: “Mucho lirili y poco lerele”

Mucho lirili y poco lerele - Paulo Coelho

Yo creo que las apariencias engañan y esa bonita imagen de personas sensibles, tolerantes y dispuestas a ayudar al prójimo no deja de ser  una campaña publicitaria que lanza cada uno individualmente y cuya veracidad queda a examen en las distancias cortas, como el Brumel.

Si después de todo lo que he dicho sigues ahí, te pediría un favor:

Haz un poco de auto examen. Analiza tu actitud frente al resto.  Identifica si por casualidad participas de esa conducta tóxica y dañina. Valora si practicas la disciplina tan de moda de “Tocar los bemoles al resto”.

Si es así, pregúntate:

¿Por qué? ¿Qué beneficio obtienes? ¿Te merece la pena? ¿Qué han hecho los demás para recibir eso de tu parte?

A ver si contestando estas pequeñas cuestiones llegas a la siguiente conclusión:

Mafalda comprensión y respeto