Bienvenid@ a esta nueva entrada del blog.

En esta ocasión, quiero lanzar un mensaje al aire para que pueda ser recibido por tod@s, y podamos en común valorar si debemos rectificar un poco o un mucho, nuestras actitudes y modos de convivencia.

¿No hace falta? ¿Todos somos maravillosos?

¿Tú eres un ser adorable y perfecto en el ‘tú a tú’ con los demás congéneres?

¿Estás seguro?

¡Venga, que nos conocemos tod@s!

Sacudamos un poco esa modestia des-estructurada y aniquilada que se nos ha posado sobre los hombros, y hagamos un poco de análisis interno, unos minutos de introspección y auto-evaluación.

Te propongo un viaje al pasado…

 

Volvamos por un momento a esa época en la que nos educaron. Esos años de la infancia en los que continuamente recibíamos indicaciones por parte de nuestros padres y de los maestros de la escuela de cómo debíamos comportarnos.

Estoy plenamente convencida que TODOS hemos recibido una educación muy completa, correcta y adecuada en valores, en moral y en buenas maneras.

No se otras generaciones, pero a la que yo pertenezco (nací en el 1971) nos educaron insistiendo mucho, muchísimo o muchísimo más que mucho en el respeto a nuestros semejantes, a las personas mayores, a los profesores, a los superiores en el trabajo, en fin a todas las personas que nos rodeaban.

En cada momento recibías una pequeña dosis de enseñanza en buenas maneras:

“Niño, si los mayores están hablando, no se les interrumpe”.

“A las personas mayores hay que mostrarles el máximo respeto y hablarles de Vd.”

“Antes de entrar, hay que llamar a la puerta”

“Cuando entres en un sitio, siempre hay que saludar y desear buenos días”

“No hables con la boca llena”

“Ni se te ocurra coger lo que no es tuyo…”

“Antes de entrar, deja salir”

“Siempre que necesites algo, hay que pedirlo por favor”

“De bien nacidos es ser agradecidos, hay que dar siempre las gracias cuando uno recibe algo”

“El asiento en cualquier medio de transporte o lugar, se cede a las personas mayores, embarazadas, niños u otras personas que tengan algún problema físico”

“No se puede correr por los pasillos, ni se debe gritar en lugares públicos, ni molestar a las demás personas en espacios comunes”

“Cualquier desperdicio debe tirarse en una papelera o cubo de basura y no en la calle”

“La naturaleza hay que disfrutarla, pero cuidándola y dejando todo tal como estaba”

“No hay que mofarse de los defectos físicos de las personas” “Hay que saber compartir y no ser egoístas…”

“No hay que alegrarse de las desdichas ajenas”

“Lo que no quieras para ti, no se lo desees a otra persona”

“No hay que sentirse superior a nadie, ni mostrar desprecio por personas que tengan diferentes creencias”

“Nunca envidies los logros ajenos, aprende del esfuerzo que hay detrás del reconocimiento”

“No mires hacia otro lado cuando alguien requiere tu ayuda”

 

Y como éstas, otras tantas mil frases que entraban continuamente en tu mente, para hacer de ti una buena persona. Algo que, para cualquier madre o padre, era labor prioritaria en la educación de su descendencia: “Qué su hij@ sea una buena persona”.

Y sinceramente creo, que hoy en día también el objetivo de padres y educadores sigue siendo el mismo, educar a futuras buenas personas. La verdad, que lo contrario no tendría ni lógica ni coherencia.

¿Quién querría crear pequeños seres irrespetuosos y mal educados, capaces de no mostrar respeto a sus semejantes?

Sería como cargar un arma, aunque sea con balines, y pensar que no genera ningún tipo de peligro.

El problema reside en la vida tal y como está en estos momentos, la actual situación de inseguridad frente al mañana y el exceso de competencia para poder ser capaz de conseguir un futuro tranquilo, estable y fructífero. Aunque, dicho sea de paso, esto no sea una excusa para perder las formas u olvidarnos de los valores más básicos.

Repito por segunda vez:

¿Te educaron las hienas? ¿No,verdad?

Pues nunca, pero nunca nunca olvides esa educación que con tanto empeño, ahínco  y cariño recibiste de tus padres, no conviertas ese tiempo y esfuerzo que dedicaron a conseguir de ti, un hij@ del que sentirse orgullosos, en tiempo perdido. No te dejes intoxicar por la situación caótica del mundo, no envenenes tu honestidad con pequeñas dosis de excusas que justifiquen la pérdida de decencia o ética para conseguir objetivos personales.

¡Stop! ¡Para en seco! ¡Piensa y razona!

Parece una tontería pero el camino que te lleva a convertirte en una persona amoral, indecente, deshonesta o corrupta es largo, y se empieza a recorrer con pequeñas desconsideraciones, ligeras faltas de respeto, leves muestras de malos modales, sutiles gestos de egoísmo.

Nadie se convierte en un sinvergüenza de la noche a la mañana, pero pasito a paso, haciéndose ciego a las normas más básicas de respeto, buenos modales, dignidad, decencia y honradez, se da inicio a un proceso transformador que puede llegar a convertir a una buena persona en un ser desconsiderado y ruin.

Es posible que alguien piense que peco de exagerada pero estoy segura que no es así. Creo que más vale parar a tiempo un comportamiento inadecuado que lamentar, pasado el tiempo, el habernos convertido en lo que no queremos ser.

Espero que nadie piense que me he levantado hoy con el ego subido y mi intención es parecer la madre de todos y echar un discurso abierto dando clases de decencia y moral.

¡No! ¡Lejos de la realidad!

Llevo días desencantada con este mundo…

Podría decir que me siento triste de ver cómo la gente se comporta.

Me genera mucho desconsuelo comprobar cada mañana como las personas actúan tan egoístamente. Últimamente no se promueve, en ningún caso, el  bien común sino que está muy por encima el bien individual.

Esas buenas maneras, las muestras de respeto y aquella cortesía que en el pasado marcaban el ritmo de la vida, están desapareciendo a un ritmo vertiginoso.

No me gusta ser testigo de ello y me planteo con esta entrada lanzar un mensaje para que entre todos rectifiquemos. Apelo al recuerdo, ese que todos tenemos de nuestra infancia, en el cual notábamos cuanta importancia daban nuestros padres a ser buenas personas.